No lo puedo evitar, la inspiración siempre me encuentra.

Sea el tema que sea, puede ser un proyecto personal, un encargo o las instrucciones para la clase siguiente, mi proceso tiende a ser el mismo. Y no es que yo lo haya decidido así, si no más bien el proceso me escogió a mi, o a mi cerebro.

Por ejemplo, voy manejando a dejar a mi hijo al jardín y veo el cielo hermoso, nubes como algodones y el cielo de un color intenso. Eso me queda dando vueltas por un rato, puede que parezca algo tan trivial, pero para mí, observar mi entorno es algo que llevo dentro desde muy pequeña.

La cadena de pensamientos sigue así, recuerdo a Karen Margoulis, pastelista que pinta naturaleza y vuelvo a recordar aquellas nubes. Unos días después salgo a pasear con mi hijo, él ama saltar en pozas de agua, así que vamos en busca de ellas. Derrepente noto un reflejo del cielo y sus nubes en una poza de agua y le doy unos segundos para grabarlo en mi mente. Siento que estos son pequeños mensajes que llegan a mi mente creativa y necesito expresarlos, necesito mostrarle al mundo lo que esta moviendo mi corazón en ese momento, ¿y qué hago? Mi siguiente proyecto. Un dibujo en pastel seco, el paisaje de un campo con sus hermosas nubes y cielo de color intenso donde acababa de llover por lo que quedan pozas que reflejan este mismo cielo.

Una vez que termino mi dibujo, mi mente descansa de la búsqueda en mi entorno, la búsqueda de algo simple pero maravilloso, pero sin saber cuándo, la búsqueda se reinicia, con una flor, una piedra o la sonrisa de una persona que se cruzó en mi camino.

Y así es con todo, un pensamiento que quedó atrapado en mi mente, por días o semanas, recibiendo señales de mi alrededor, que sólo se detendrá cuando lo haya llevado al papel.

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